tras la lluvia

Admitámoslo. Hay ciudades a las que favorece la lluvia y otras que se afean. Por alguna razón, creo que nuestro rincón brilla un poco mejor tras la lavativa obligada del agua torrencial, que por estos lares mana como Pedro por su casa. Esta mañana no eran ni las diez y media y Huelva lucía desconsolada, pero desgarbadamente bella tras el velo gris de la tormenta. Las calles medio desiertas y húmedas; los maniquíes de los escaparates parecían contemplar los regatos de agua, aburridos, como si intuyeran que nadie vendría a visitarlos. Los carteles se fundían pegados a los muros y la chatarra se oxidaba amontonada en una esquina sin que nadie le prestara atención. Todo el mundo caminaba con premura, salvo algunos personajes extravagantes que vacilaban entre seguir avanzando o dejarse empapar. Qué tendrá la lluvia, que a algunos les invita a salir corriendo y a otros nos detiene en mitad de la nada.

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