nostalgia del viejo mercado

En estos días ha caído en mis manos un librito editado por Gestocomunicación y que en su día se distribuyó a través del diario Odiel (ya empezamos, la primera bala nostálgica entre ceja y ceja). Recorriendo sus letras y sus fotos he sentido una inmensa nostalgia del viejo mercado de abastos del Carmen. He reconocido a más de un tendero y viendo esas imágenes casi he podido oler y saborear ese ambiente tan particular, que al principio provocaba rechazo por húmedo y pringoso y luego te dejaba enamorado de lo auténtico; porque sólo lo que es auténtico mancha y duele, el resto como mucho aspira a ser cómodo. Sí amigos, yo era de esos friquis que se iba con la cámara a dejar testimonio y nadie lo entendía, pero luego me consolaba tomándome una cerveza y una tapa de croquetas en El Miguel (otro de los retratados). Y entonces, cada sábado, esa rutina me hacía sentir que la vida era ordenada y justa.

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Al de ahora ya no voy nunca. Sí, es más grande, más fresco, más limpio y más cómodo; y también es menos mercado. Más caro, con más gente, y se me han borrado los rostros de algunos de mis tenderos favoritos y a otros ya ni los encuentro. En cuanto al Miguel: pudiera jurar que las croquetas no me saben igual y ha cambiado su prientación norte por una al sur que, vaya por Dios, al final no le favorece.

Y sí, de acuerdo, lo habéis adivinado. Pertenezco a esa clase de nostálgicos rabietas que lee en papel, escucha vinilos y de vez en cuando tira un carrete. Al que no le guste, que no mire.

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